De adultos le ponemos nombre a las atrocidades de las que somos capaces los seres humanos. Clasificamos la violencia (directa, indirecta, estructural, cultural…). Hace unos días, una persona joven me ratificaba lo importante que es la memoria histórica. Desconocía el significado de la palabra “holocausto”. Se avergonzó un poco. Yo me avergoncé más, pero no de él. No creo que sean los más jóvenes los que deban abochornarse.
Somos una multitud avergonzada. Y no solo nos lamentamos. Hace tiempo que pasamos a la acción. Sabemos que haber vivido etapas en la vida, cada una a su tiempo, ha sido un privilegio. Tener infancia ha sido una fortuna, aunque las convenciones y los tratados recojan que ser niño es un derecho. Proteger el derecho a la infancia no es una prioridad mundial. Si así fuera, otra tierra giraría, ¿verdad Pachamama? Avia Yala. Tierra nuestra. Libertad (otra de esas olas que me regalaron los COR).
A veces, cuando ya no se puede soportar más vergüenza, más rabia y más dolor, se explota. Ojalá todas las explosiones pudieran ser de maravillosas endorfinas como las que me provoca esta tripulación solidaria (¡in crescendo!) y se propagasen como una enfermedad saludable –otro oxímoron, lo sé. Doy gracias de nuevo por tanta buena voluntad compartida en la Travesía literaria con los nadies del mar
Os dejo una banda sonora imprescindible en mi vida. “Ese viaje hacia la nada que consiste en la certeza de encontrar en tu mirada la belleza.” Sí, para mí, una de las canciones más hermosas que se han escrito. Con permiso del maestro Aute, os comparto la versión de Rozalén, menos conocida, pero también preciosa. La Belleza
“¡Viva la revolución!”

